-Estás preciosa así- le susurró a su oído sordo- incluso así puedes hacer de tú cuerpo una obra de arte- sus ojos azules como el hielo recorrían con cada parpadeo todo su cuerpo. A su lado, en el acuoso suelo había un par de cigarrillos tirados fuera de su correspondiente paquete. Al verlos cojió el paquete y encendió uno, dejando abandonados a los dos del suelo. Inspiraba y expiraba pausadamente el humo de cada calada, notando como sus pulmones se abrían y cerraban en cada acto. Le gustaba esa sensación de calma, pero sobretodo le maravillaba quedar-se cautivado por la luz rojiza que dejaba el fuego de la boquilla. Podía estarse hora tras hora mirando como se consumía el cigarro, puesto que Adrián comparaba ese fenómeno con él mismo; su alma también se consumía cada segundo que pasaba, dejando de ella simples cenizas. Solamente quedaba sólida una vulgar colilla.
Aunque ahora Adrián no tenía tiempo para disfrutar de su pasatiempo favorito.
Hoy era especial, tenía invitados. Ahí estaba ella, tendida en el suelo, mirándolo con sus ojos marrones inexpresivos. Él iba acercándose poco a poco a ella hasta sentarse a su lado. Se apoyó en la pared mugrienta y suspiró. No podía parar de mirarla, ella era la mujer que le había robado la locura. Era la responsable de que su desabrimiento se desvaneciera de su interior. Ella y solo ella tenía la culpa de sus actos porque sus ojos no podían dejar de mirarla, bueno, tampoco querían dejar de hacerlo. Adrián acabó obsesionado desde la primera vez que la vio. Por eso le resultó tan fácil saber que ella era la indicada. La había estado esperando durante tanto tiempo…
Entonces lágrimas cubrieron sus mejillas, como si resbalasen en toboganes de cristal.
-No me mires así, no fue mi culpa que me enamorara de ti- se acurrucó en si mismo. Apoyó su cabeza entre sus brazos- yo no fui el único aquí, tú misma me dijiste que me querías.
Al pronunciar sus palabras hubo un silencio espectral, demasiado sombrío para ser bonito y demasiado dulce para ser cuerdo.
-Me dijiste que me amarías para siempre, yo he cumplido tu deseo, ¿lo ves?- su voz irresistiblemente deleitosa resonó en el vacío. Alargó su mano para tocar el pelo de ella color azabache. Los movimientos de sus dedos eran como un pianista tocando el piano: delicados pero sutiles, ágiles aunque cautelosos. Adrián siempre le había encantado el tacto de ese pelo aterciopelado- yo soy tuyo, ya lo sabes. No puedo vivir sin ti. Y aún así tú… Querías abandonarme ¿Por qué Lucía? Si me amabas tanto, como es posible que buscarás redención de mí? Si tú eres la única que puede redimirme de mi mismo…
Al acabar su grito de desesperanza, Adrián recorrió cada parte del frió cuerpo desnudo de Lucía. Cuanto más lo tocaba más se conmovía por ello. La deseaba tanto que había perdido el poco juicio que le quedaba, su moral. Repentinamente sin darse cuenta estaba besándola.
-¿No te he dicho nunca que la sangre sobre tu cuerpo demacrado te hace más hermosa aún?- la elogió él, contemplándola como un pintor al inspirarse con su musa.
Al fin y al cabo simplemente se apartó y empezó a llorar como un niño pequeño al verse perdido.
continuará...
Aunque ahora Adrián no tenía tiempo para disfrutar de su pasatiempo favorito.

Entonces lágrimas cubrieron sus mejillas, como si resbalasen en toboganes de cristal.
-No me mires así, no fue mi culpa que me enamorara de ti- se acurrucó en si mismo. Apoyó su cabeza entre sus brazos- yo no fui el único aquí, tú misma me dijiste que me querías.
Al pronunciar sus palabras hubo un silencio espectral, demasiado sombrío para ser bonito y demasiado dulce para ser cuerdo.
-Me dijiste que me amarías para siempre, yo he cumplido tu deseo, ¿lo ves?- su voz irresistiblemente deleitosa resonó en el vacío. Alargó su mano para tocar el pelo de ella color azabache. Los movimientos de sus dedos eran como un pianista tocando el piano: delicados pero sutiles, ágiles aunque cautelosos. Adrián siempre le había encantado el tacto de ese pelo aterciopelado- yo soy tuyo, ya lo sabes. No puedo vivir sin ti. Y aún así tú… Querías abandonarme ¿Por qué Lucía? Si me amabas tanto, como es posible que buscarás redención de mí? Si tú eres la única que puede redimirme de mi mismo…
Al acabar su grito de desesperanza, Adrián recorrió cada parte del frió cuerpo desnudo de Lucía. Cuanto más lo tocaba más se conmovía por ello. La deseaba tanto que había perdido el poco juicio que le quedaba, su moral. Repentinamente sin darse cuenta estaba besándola.
-¿No te he dicho nunca que la sangre sobre tu cuerpo demacrado te hace más hermosa aún?- la elogió él, contemplándola como un pintor al inspirarse con su musa.
Al fin y al cabo simplemente se apartó y empezó a llorar como un niño pequeño al verse perdido.
continuará...
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